En su último día estaba sola sentada ante el piano de cola, sin notar como la luz que entraba por la ventana corría lentamente a través de la sala y tocaba esa bella canción infantil que escuchó hacía muchos veranos.
Ella amaba tocar, al sentarse delante del piano se sentía viva y sabía que no había nada imposible pero él no era de la misma opinión
-Tu obligación es cuidar a tu marido, la casa y los niños
Él era así. Se enfadaba cada vez que la veía hacer cosas sin valor, como decía él, no podía tocar el piano, no podía dibujar, no podía cantar…y aquello la verdad es que la hacía sentirse enjaulada.
Mientras sus dedos se deslizaban ágiles sobre las teclas del piano recordaba el día que le dijo que quería buscar trabajo, lo único que hizo él fue reírse en su cara:
-Eso es cosa de hombres, tú debes ser una buena ama de casa para complacer a tu marido.
Eso le cabreo bastante, ella estaba igual de capacitada que él para trabajar y ganarse su sueldo por ello contestó sin pensar
-¿En qué siglo crees que vivimos?
Aquella simple replica fue suficiente para empezar a discutir, como cada noche, y como prácticamente cada noche le pegó una paliza, una de tantas, una de las que ya eran casi diarias. A la mañana siguiente fue como todas, él se levantó temprano para ir a trabajar mientras ella se pintaba un poco los ojos, para que no se notara la noche anterior y se fue a hacer recados.
Notaba que su vida no tenía sentido ¿de verdad tenía que aguantar aquello? ¿Por qué? Las notas llenaban la sala, dándole vida, sonrió como nunca había sonreído: de verdad.
Miró hacia la esquina del salón, donde su maleta descansa ya totalmente echa…
**************************************
En su rincón, la muñeca contemplaba la sala.
Miedo, rabia, frustración e ira se respiraban en el aire, la batalla había pasado hacia un buen rato, pero la calma después de la tempestad todavía se notaba. En el suelo yacía la víctima de aquella tormenta, en medio de un charco de su propia sangre, olvidada en aquel frío lugar a la penumbra. Su asesino la miraba sin verla, sus manos estaban manchadas de sangre, recordatorio de lo que había echo al dejarse arrastrar por un ataque pasional.
"Es un ser débil"- pensó la muñeca- "¿tanto le costaba asimilar una sencilla frase?"
Pero aquel hombre no estaba dispuesto a aceptar un "me voy", si ella no era suya no sería de nadie.
"No la amaba. Si de verdad la hubiese querido aunque solo fuera un poco la habría dejado ser feliz"- la pequeña muñeca no podía evitar llorar, no comprendía tanta maldad.
Por fin el hombre reaccionó, se dirigió al baño y se lavó las manos y la cara. Después abandonó la casa, dejando a la infeliz allí tirada. Un llanto rompió el silencio.
"Esto no debería de haber pasado, no debería de haber pasado"- las lágrimas resbalaban por las mejillas de la muñequita, manchando su bella cara de porcelana, dejando un rastro de dolor.
Una sirena sonó en la calle y el llanto del bebé sonaba en la habitación de al lado pero el silencio de aquella estancia era desolador...
Miedo, rabia, frustración e ira se respiraban en el aire, la batalla había pasado hacia un buen rato, pero la calma después de la tempestad todavía se notaba. En el suelo yacía la víctima de aquella tormenta, en medio de un charco de su propia sangre, olvidada en aquel frío lugar a la penumbra. Su asesino la miraba sin verla, sus manos estaban manchadas de sangre, recordatorio de lo que había echo al dejarse arrastrar por un ataque pasional.
"Es un ser débil"- pensó la muñeca- "¿tanto le costaba asimilar una sencilla frase?"
Pero aquel hombre no estaba dispuesto a aceptar un "me voy", si ella no era suya no sería de nadie.
"No la amaba. Si de verdad la hubiese querido aunque solo fuera un poco la habría dejado ser feliz"- la pequeña muñeca no podía evitar llorar, no comprendía tanta maldad.
Por fin el hombre reaccionó, se dirigió al baño y se lavó las manos y la cara. Después abandonó la casa, dejando a la infeliz allí tirada. Un llanto rompió el silencio.
"Esto no debería de haber pasado, no debería de haber pasado"- las lágrimas resbalaban por las mejillas de la muñequita, manchando su bella cara de porcelana, dejando un rastro de dolor.
Una sirena sonó en la calle y el llanto del bebé sonaba en la habitación de al lado pero el silencio de aquella estancia era desolador...
Odio las muñecas de porcelana, simpre auguran terror psicológico Poe-tico.
ResponderEliminarMeredith