Ellos solían amarse, sí, lo recuerdo bien, solían amarse con aquel amor inocente que solo el corazón de un niño es capaz de sentir. Creyeron haber gastado el valor de toda una vida en aquel amor y sin embargo fue todo inútil, al pestañear todo se convirtió en ruinas. Un nudo se formó en sus asfixiados corazones ¿habían luchado tanto para aquello?
Crecieron y descubrieron un mundo que a diferencia del suyo de fantasía era de diferentes tonalidades grises y no de colores, un mundo donde no había cabida para nada puro, porque todo estaba sucio. Descubrieron un mundo donde el amor no podía existir, porque el amor es algo blanco y puro y en el mundo real no existe el color blanco, es demasiado puro.
Entonces.... ¿su lucha había merecido la pena?
Se miraron una vez a los ojos, largamente, se vieron reflejados en las pupilas del otro, rodeados del millón de sentimientos que el uno sentía por el otro. Y vieron la respuesta.
Sí, claro que había merecido la pena.
Se cogieron de la mano. Él miró hacia el desmoronado mundo y después sus manos entrelazadas.
-Todo lo que necesito es lo que tengo, así que deshagámonos de esta piel sucia y comencemos a sentir de nuevo.
Después dejó caer una lágrima de felicidad.
-Escapemos mientras todos duermen- respondió ella- ocultémonos en la noche. Nos purificaremos y empezaremos de nuevo.
Porque algo en su interior les decía que aquello era más grande que la realidad que veían, que la vida no era vivirla como se la marcaran, sino que debían ser ellos quienes se la marcaran.
Ellos solían amarse teniendo mucho que perder y pese a todo siguieron creyendo en aquel mundo puro en el cual había surgido su amor.
Y aunque su realidad había desaparecido ellos eran felices porque se tenían el uno al otro, porque sabían que ser humano era algo más que vivir... era poder sentir que el cielo estaba en la mirada del otro.
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