miércoles, 23 de mayo de 2012

The reason was you

No era perfecta, ni mucho menos, tenía sus defectos y manías, como todo el mundo. Y eran esos defectos y esas manías lo que la impedían ser el tipo de chica que le gustaba al tipo de chicos que a ella le gustaban.
¿Y qué más daba?
No iba a perder su tiempo y su cariño con un sapo, ella buscaba príncipes, no sapos.
Y ahora es cuando muchos dirán que los príncipes (o princesas) no existen más que en los cuentos de hadas y en las novelas románticas que venden en las estaciones de metro. Y es cierto, habitualmente solo se encuentran sapos (o ranas) pero... ¿qué pasaría si un día tranquilo al salir de clase te encontrarás de frente con tu príncipe?

Pasaría que empezarías a cambiar, que cambiarías tus botas militares por zapatitos de tacón, tus cómodos vaqueros por faldas bonitas, recogerías tu pelo en elegantes moños y afinarías tus modales hasta límites donde jamás los llevaste. Al menos eso hizo ella. Intentó convertirse en la perfecta señorita y pasó del negro al blanco, de la cerveza al café con leche, de los comics a la literatura francesa, de su ropa masculina a faldas y zapatos de tacón (aunque nunca hubiera andado con ellos y se fuera matando por el camino), de decir palabrotas a los más finos modales, de los donuts a la dieta estricta... ¿y todo por qué? Por un príncipe que ni conocía su nombre ni su existencia.

Pero ¿acaso era tan importante que ese príncipe se fijase en ella? Esa no era la cuestión.
La cuestión era que había encontrado un motivo por el cual cambiar, por el que enseñar una parte de su ser que ni ella misma conocía, porque realmente la gente no cambia, no, simplemente muestra pequeñas partes de ellos, que podían conocer o no, pero que siempre habían estado en ellos. Porque es imposible cambiar, cada uno es como es y si realmente no eres de una determinada manera por mucho que te empeñes en fingirlo acabarás por caer, porque no eres así.
Ella simplemente encontró un motivo por el que intentar sacar su mejor lado, un motivo por el que poder sonreír cada mañana.
 
Y eso era mil veces más bonito que el hecho de que su príncipe supiera su nombre.



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