Sentada delante de su pequeño portátil veía parpadear la barra detrás de la última palabra escrita. No sabía como continuar con aquel texto ñoño y manido.
A sus musas ya no les quedaban temas sobre los que escribir.
Se levantó y estiró de aquella manera felina que tanto le gustaba, se acercó a la ventana abierta y encendió un cigarro, la primera calada trajo consigo un escalofrío. Miró largo rato aquel cielo azul de verano y suspiró: aquel infinito guardaba tantas promesas vacías como sus textos palabras muertas; mientras el cigarro se consumía entre sus dedos pensó en aquella idea que le rondaba por la cabeza desde hacía bastante tiempo.
París ya no era la cárcel de antaño ni el Norte el refugio ansiado.
Se giró y recorrió con la vista su pequeña habitación: el color blanco de las paredes, el verde de la colcha, el naranja de los tulipanes y el morado de los lirios....
Aquel silencio muerto era una señal, pero ella quería estar segura, segura de haber captado los dos significados que todas las cosas poseen. Y es que no quería admitirlo, pero el Sol había ido quemando poco a poco su ilusión hasta que llegó un día en el que no quedaron ideales que defender ni creencias a las que aferrarse.
Volvían los días en los que al despertarse encontraba su cama vacía y fría.
Volvían los días en los que ansiaba correr a refugiarse en brazos que ya no existían.
Si había seguido el camino que ella quería, el camino que la conducía a su felicidad ¿por qué aquellos sentimientos?
¿Era tarde para deshacer el camino y cambiar su ruta o era simplemente una tonta por creer que de verdad podía llegar a ser feliz?
Cerró la pantalla del portátil, cogió una chaqueta fina y sin ni siquiera calzarse los zapatos salió fuera de la casa, corrió por el interminable prado verde que se extendía ante su hogar y ya casi sin aliento llegó al lago de aguas cristalinas en el que encontró por primera vez la paz y la libertad que había ido buscando al Norte. El viento silbaba entre las copas de los árboles creando aquella música que ella tanto amaba y el agua le devolvía su despeinado y sonriente reflejo.
Levantó la vista hacía aquel paraje que había tenido gravado a fuego en su corazón desde que era una niña. Y con un grito de libertad se dejó caer sobre la mullida hierba.
No podía venirse abajo por sentir un poco de soledad cuando allí sentía que podía volar.
Sus pies seguían el camino correcto.
Vivir siempre había sido triste y siempre lo sería.
¿Qué importaba que su cama estuviera vacía o que no hubiese brazos que la rodearan con su calor? No podía ser débil ahora que estaba viviendo su realidad, cuando ya había dejado todo el mal atrás y estaba a solo un paso de ser feliz y de conquistar sus sueños.
¿Qué importaba que los antiguos y obsoletos ideales ya no sirvieran en aquella tierra salvaje donde dominaban las creencias ancestrales?
Era feliz.
Y era lo único que importaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario