Vagaba sin un rumbo fijo. Ni las luces de neón, ni las caras que veía pasar, ni la música que sonaba incansable en sus oídos le decían nada.
Estaba atrapado.
Irremediablemente atrapado.
Seguía vagando por los estrechos callejones de aquella agobiante ciudad, le presionaban entre sus ladrillos, el calor de la noche le planchaba contra el suelo, y los ruidos chocaban contra él creando una atmósfera agobiante.
Echo a correr.
Quería huir.
Sabía que no tenía escapatoria, pero no quería rendirse ante la evidencia de que estaba acabado, corrió durante media hora entre callejuelas levemente iluminadas, como si del Londres del siglo XIX se tratase, al final en el último giro que hizo a la derecha se encontró con un callejón sin salida.Gritó de rabia, tiró sus cascos al suelo y le pegó un puñetazo a la sólida pared de piedra, aquello le hizo sentir vivo. Se dejó caer sobre el frío suelo y se acurrucó mientras dejaba que sus pensamientos le consumieran.
Él no era consciente pero era como una flor.
Se había ido abriendo poco a poco a lo largo de los años, siempre un poco más hasta que un día al fin mostró al mundo entero su interior; era una flor pequeña, su pedúnculo no era muy alto, sus sépalos eran pequeños y redondos y rodeaban sus delgados y delicados pétalos como si de una mano protectora se tratasen y sus colores, aunque algo apagados, siempre fueron alegres y desenfadados. No se podía decir que fuese hermosa, pero poseía la belleza de lo simple pero complejo. Ahora ya no quedaba nada de eso: sus colores se habían apagado y solo quedó el gris de la muerte, sus pétalos habían ido cayendo uno a uno, como lágrimas. Al final de aquella bonita flor no quedaban más que los despojos que el tiempo había querido dejar. Así que aquella flor fue cerrándose poco a poco, encogiéndose sobre si misma, intentando proteger lo poco que quedaba de ella en un intento vano de que el viento de otoño no arrancara sus escasos pétalos ni que el frío del invierno congelase su delicado esqueleto.
Era totalmente en vano.
Aunque siempre le quedaría el pensamiento de que las flores marchitas también son hermosas
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