Dio otro trago a la cerveza, sabía que no debía, ya empezaba a encontrarse mal, pero también sabía que necesitaba algo más fuerte o rompería a llorar allí mismo. Pidió whisky. El ardiente líquido se deslizó por su garganta, dándole momentáneamente la sensación de estar viva.
Era horrible.
Miró a su alrededor desde aquella banqueta, no conocía a la mayoría y las pocas personas que conocía estaban a su rollo; sentía un ataque de ansiedad formándose en su interior: o huía o estallaría.
Cogió sus cosas y se marchó, con un adiós y sin mirarles a la cara.
Sabía que aún le quedaban horas para volver a casa, que aún estaba a tiempo de volver con ellos y tomar algo, que incluso podría ir a tomar algo ella sola. Pero la sola idea le pareció espantosa. Era mejor así.
Al llegar a casa apagó su móvil y lo tiró en un rincón, no quería volver a saber nada de él en mucho tiempo; tampoco se dignó a mirar las redes sociales, no le importaba nada de lo que ocurriera ni quien estuviese conectado. Cogió los cascos y se enchufó la música, no puso ninguna de las canciones que ellos le habían mostrado o dedicado, no, cogió aquella canción con la que tiempo atrás había competido, la que le recordaba que podía hacer lo que quisiera porque era capaz de hacerlo (y aquellas medallas estaban de testigos mudas para recordádselo). También escuchó a Tchaikovsky. El resto de canciones podrían mentir y engañar como hacían las personas pero entre los violines, las violas y demás instrumentos de la orquesta no cabía la traición.
Sabía que era estúpido enfadarse por ello pero ya no solo sentía que se habían distanciado, sino que ahora lo sabía, sabía que había un abismo que ya no se podría salvar y aquello la ponía inmensamente triste. Y lo último que necesitaba para su depresión era sentirse más triste cuando en realidad debería sentirse contenta y despreocupada.
Ahora tenía muy claro lo que quería y de qué debía deshacerse.
Tiró todas las pastillas que llevaba tomándose hasta ese momento, quemó en el fregadero todas las cartas y pensamientos suicidas que había escrito y se obligó a comer aunque su estómago se quejara.
Ya estaba harta.
Harta de ser una muñeca rota, alguien con quién la gente solo jugaba.
Harta porque se le junta todo.
Harta de no poder ser feliz.
Harta porque no ve un camino que seguir.
Harta por pedir un poco de cariño humano y no obtenerlo.
Harta de las palabras muertas y de las promesas vacías.
Harta de dar la mano y ver que nadie se la coge y mucho menos que se la den.
Harta de estar rodeada de gente pero sentirse sola.
Harta de preocuparse de los demás y que estos desaparecieran en los peores momentos.
Harta de tomar pastillas y de no poder comer ni dormir.
Harta de querer decir muchas cosas y tener que callárselas.
Harta de ser una masa de galletas.
Harta de todo.
Ella siempre había sido como un gato callejero, podría ser tranquila e incluso algo sumisa pero no dejaba de ser un gato.
Si alguien le tiraba una piedra ella simplemente le miraría, se daría la vuelta y se alejaría en la noche, en busca de otros callejones donde la luna brillara más fuerte.
Porque ya estaba harta de sacar las uñas y arañarse a sí misma.
Ya estaba bien de ser gilipollas
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