Corría en la oscuridad, la luz me había abandonado.
Sabía que no volvería, normalmente lo que se va no vuelve, y si lo hace será de forma magullada y nunca para siempre, pues vuelve a caer en el silencio. Si la sigues te arrepentirás, pues sólo sentirás su espalda en el reflejo de tus ojos. A veces hay que dejar marchar lo que más amas y, con las lágrimas en la piel, volver la espalda y luchar por no girar la cabeza. Alejándote a cada paso hasta que no sea más que una sombra distante.
Pero todo eso a mí me daba igual, no estaba dispuesta a dejarla marchar por eso corría tras ella, intentando atraparla. Tropecé y caí al suelo. Me quedé allí tumbada, ya sin fuerzas para levantarme y di un golpe contra el suelo acompañado de una palabra mal sonante, liberándome así de la rabia que me consumía por dentro. Quise gritar pero me falló la voz, quise llorar pero no me quedaban lágrimas. Ya no había luz, ya no había calor ya no sentía nada, ya no había recuerdos... no había nada.
Cerré los ojos y la oscuridad me trago
Pensé en que todo aquello no tenía sentido, había hecho lo que debía, no lo que quería, había seguido la jerarquía de responsabilidad ¿entonces por qué ocurría aquello?
La verdad es que a veces hacemos lo que debemos hacer y al final sale mal, claro que no siempre es así. Hay veces que hay que mandarlo todo a la mierda y seguir solo nuestros impulsos y deseos. Hay veces que aunque pienses que algo va a salir mal tienes que intentarlo, darle una oportunidad, intentarlo aunque parezca que va a salir mal, porque puede que salga bien y estés orgullosa de ello el resto de tu vida
...o simplemente puede que salga mal.
...o simplemente puede que salga mal.
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