Siempre había estado delgada. No es que no comiera, era capaz de comerse dos pizzas familiares ella sola y seguir con hambre, es que simplemente era así. Siempre por debajo de su peso.
Hasta el día que se hizo mujer.
A partir de aquel día su cuerpo cambió: todo lo que comía lo acumulaba, ya fuese en sus pechos, caderas o cintura. Empezó a engordar mucho en muy poco tiempo. Aquello fue un pequeño shock.
Desde aquel día su relación con la comida cambió por completo: sentía verdadera ansiedad por ella, necesitaba estar comiendo a todas horas, incluso cuando no tenía hambre necesitaba comer, se atiborraba a escondidas hasta que no podía más. Si estaba nerviosa comía. Si estaba enfadada comía. Si estaba triste comía. Si estaba contenta comía. Su relación con la comida comenzó a ser enfermiza.
La báscula reflejaba aquella obsesión.
Se sentía mal, se ponía delante del espejo y se veía gorda, deforme, sebosa. Empezó a meterse los dedos. Después de cada atracón se metía los dedos y tomaba pastillas para expulsarlo todo y se decía "nunca más" pero siempre volvía a caer en lo mismo.
Ella seguía atracándose para luego meterse los dedos y acto seguido pesarse. La báscula siempre marcaba lo mismo: un peso que ella consideraba excesivo.
Un día leyó un libro. No era precisamente un libro sobre trastornos alimenticios pero la protagonista sentía la misma obsesión por la comida: seguía una dieta estricta para poder mantenerse en la élite del deporte y sentía obsesión por la comida que le prohibían comer.
Aquello la hizo pensar bastante: ella no tenía un peso excesivo para su cuerpo, no estaba parada todo el día delante del televisor, hacía deporte y comía sano (o al menos comía sano antes de comenzar su obsesión) así que se dijo: "basta ya de hacer gilipolleces"
A las dos horas estaba en su rutina de siempre: atracón más metida de dedos. Y es que las relaciones enfermizas son muy difíciles de romper. Y más con un enorme espejo en tu habitación.
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