jueves, 16 de octubre de 2014

Y el cálido Sol de verano se apagó

Me gustaba verla bailar bajo la lluvia, tenía una gracia natural que hipnotizaba y la sonrisa que iluminaba su sonrosada cara te arrastraba a saltar en los charcos con ella. Verla sonreír dando vueltas sobre si misma, con su mojada melena negra girando tras ella como una capa, era la cosa más mágica de los Domingos por la tarde.
Recuerdo su particular forma de tomarse el café con leche, removiendo el azúcar tres veces a la derecha y dos a la izquierda, y como se quitaba las últimas gotas del mismo de sus labios...siempre rojos aun sin maquillaje.
Creo que nunca le dije que era hermosa. Pero lo era. Podría haberme pasado horas enteras mirándola, contemplando cada pequeño detalle de su rostro, cada pequeño gesto que hacía al hablar. podría haber estado toda la eternidad escuchando el dulce timbre de su voz. Nunca he vuelto a conocer a nadie tan dulce y sincera.
Era preciosa, alegre y dulce, como un tulipán, y nadie se dio cuenta jamás de ello.
Pero se marchitó aquella noche, aquella en la que esperó bajo la lluvia con su vestido azul. Aquella noche no bailaba, solo esperaba. Y nadie llegó. Nadie llegó a decirle lo preciosa y perfecta que era. Y sus labios se enfriaron, aquella madrugada tenían que haber ardido y coloreado de rojo pasión y sin embargo se enfriaron. Y nunca más volvieron a ser los mismos. Nunca más volvieron a sonreír; la vida la había sacado a bailar por última vez.
Recuerdo la última vez que la vi. Las golondrinas revoloteaban en su balcón y una cálida brisa entraba por la ventana abierta. Fueran el mundo bullía de vida. Dentro estaba la fría calma de la muerte.
Ella estaba sentada en la cama contemplando todo aquello pero sin llegar a verlo realmente. Su mente estaba muy lejos de ella. Estaba muy delgada y el tirante de su vestido azul había resbalado de su hombro y caía de cualquier manera sobre su brazo, parte de su melena se había escapado de un moño hecho de cualquier manera y el viento jugaba con los mechones sueltos.
Me sentí pequeña y absurda ¿quién era yo para profanar aquel extraño equilibrio? y entonces la miré a los ojos, sus castaños y chispeantes ojos se presentaron ante mi hundidos, apagados y con marcadas ojeras. En aquel instante comprendí que siempre la había amado.
La ira se apoderó de mi. No era justo. Aquella criatura solo había deseado que la vida la sacara a bailar, siempre había deseado e intentado que todo el mundo fuese feliz y en contra a ella siempre la habían tratado mal, soportando a un padre alcohólico, una madre que la había abandonado y una ristra de hombre que no habían sabido valorarla ¿por qué la habían pisoteado de aquella manera? ¡No era justo! Me eché a llorar de rabia. Le grité. Le grité que huyera muy lejos. Que aun estaba a tiempo de ser feliz. que podía salir de toda la mierda que la rodeaba, que ella era mucho mejor, que brillaba con luz propia. Me acerqué a zarandearla y entonces lo vi. El bote de pastillas que  había vaciado, Me quedé pálida, la observé y fue cuando me percaté del sudor que perlaba su frente y los temblores que sacudían sus manos.
La abracé, lloré, grité, la sacudí, la supliqué que vomitara pero ella se limitó a sonreírme. No había sonreído desde hacía meses. Aquello era el final.
Lloré. De rabia, de tristeza, de amor, de pérdida, de impotencia.
Le dije que yo estaba con ella, que nunca la dejaría, que siempre la había amado. Que era mi amiga y siempre lo sería. Ella me secó las lágrimas, apartó mi pelo y me besó.
Fue un beso cálido y dulce.
Me sonrió y se apagó como la llama de una vela. Fue una muerte dulce y tranquila, su rostro transmitía paz y calma. Yo solo pude llorar.
Se había ido. Para siempre.
Y yo aún no le había dicho lo preciosa y perfecta que era.
El frío se apoderó de aquella sala y aun, hoy en día, recorre mis venas....

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