sábado, 8 de noviembre de 2014

El que quiera que entienda

La última arcada la sacudió entera. Se apartó del inodoro y apoyó la espalda contra la fría pared de azulejos. Echó la cabeza atrás y cerró los ojos.
Se sentía viva, mucho más que cuando se cortaba, la lacerante cuchilla solo acariciaba su piel superficialmente y ella necesitaba calmar algo mucho más profundo, una rabia y angustia mucho más viscerales, una tristeza que le retorcía las entrañas.
Volvió a inclinarse sobre la taza. Con una mano sujetó su melena, los dedos de la otra recorrieron su boca hasta llegar a la garganta, un poco más hondo que antes. Sintió otra vez esa sensación, esa que la ahogaba y la controlaba. Otra arcada. Más dolor fuera de ella, esta vez acompañado de lágrimas.
Se lavó meticulosamente las manos y tiró de la cadena. Apoyó otra vez la espalda contra la pared y se dejó caer hasta el suelo, donde escondió la cara entre las rodillas. Lloró, aunque realmente aquello no la calmara. Gritos, desdenes, engaños, traiciones, tristeza, soledad, mala maneras....todo aquello que iba tragando a lo largo de la vida era lo que después necesitaba vomitar y, aunque la sensación de vacío era únicamente física, se sentía mejor. Lo necesitaba para soportar todo el dolor que había dentro de ella y con el que no podía vivir.
Era su manera de gritar, la manera de luchar de una niña débil y asustada. La manera de limpiar una vida miserable.
Se miró en el espejo, y vio muchas cosas, vio que la tristeza marca las acciones de la soledad, vio los estragos que la mente ocasiona en el físico, vio una chica que no valía nada, vio muchos defectos y ni una sola virtud....
Encendió un cigarro, sus dientes ya mostraban el daño de los ácidos y de la nicotina pero ¿qué importaba? nadie iba a besar aquella boca; apoyó la cabeza y cerró los ojos, no iba a llorar, eso sería mostrar debilidad. En cierta manera le gustaba aquello, el sabor amargo en la boca, la garganta inflamada, el dolor de pecho, su cuerpo estremeciéndose, todo saliendo en un torrente... se libraba de sus culpas, se purificaba, vaciaba su interior y poco a poco alcanzaba la belleza exterior ¿por qué iba a estar mal?
Tiró la colilla por la ventana, se lavó la cara, enjuagó la boca y abrió el pestillo.
La vida simplemente continuaba

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