sábado, 19 de noviembre de 2011

Ahogas tus penas en alcohol cuando lo que deseas es ahogarte tu en el mar

Le dio otra calada a su cigarro. Era un día oscuro, las nubes no daban paso al Sol a pesar de los esfuerzos de éste por salir, caía una fina lluvia que le calaba y le rizaba el pelo pero no parecía notarlo.
Hoy era uno de esos días, era un día donde las fragancias no eran lo que había esperado, los colores no eran  tan brillantes como antes, los sonidos le sonaban a monotonía y desnudez. Ese día no tenía un poco de amor ni un poco de odio, no tenía soledad, no tenía nada. Ese día no sentía rencor, ni  temor, no tenía llanto, ni alegría, sólo sentía aquel vacío que siempre le acompañaba. Ese día las horas eran lentas para su vida y a la vez  rápidas para lo que necesitaba hacer. Ese día carecía de una ilusión, carecía de una pasión, carecía de ganas, de la capacidad de crear, carecía de la vitalidad y de la simpleza de ver a su alrededor y sentirse bien. Ese día le comía el viento y a la vez no era suficiente para llenar sus helados pulmones, no podía reconstruir los viejos anhelos, no podía desear, no podía nada. Nada.
Se había sentado en aquel banco una hora atrás y se había quedado quieta, la música sonaba en sus oídos pero no era capaz de escucharla, solo eran voces vacías, mudas ante su indiferencia. La lluvia seguía cayendo, cada vez con más fuerza y el frío viento recorría las venas de aquellos que sentían el calor de la vida corriendo por ellas. Su cigarrillo se consumía entre sus dedos pero no le importaba, como tampoco le importaban las lágrimas que comenzaban a escapársele de los ojos.
Quería gritar y romper a llorar con toda la angustia e ira de su alma, quería…. No sabía ni lo que en verdad quería y es que era difícil contener la emoción, su mundo se  había nublado sin solución.
La lluvia ya arreciaba fuerte, así que corrió hacia su bar de siempre, aquel que le traía tantos buenos como malos recuerdos, aquel lugar que había sido como su segundo hogar. Miró a su alrededor en busca de caras conocidas pero no vislumbró ninguna entre las sombras y el humo. Se sentó en la barra,sin verdaderas ganas de vivir, y pidió una cerveza,clavó sus melancólicos ojos en el vacío y mandó todo a la mierda. La bebida le supo más amarga de lo habitual, el alcohol no era la solución eso lo sabía pero ella necesitaba ahogar sus penas…
Aquella barra era su altar y aquel dorado líquido su agua bendita.
Encendió su tercer cigarro y contempló como el humo se extendía por aquella sala demasiado pequeña para todas las ilusiones y sueños que se había hecho…

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